Este verano me propuse desconectar. De verdad. Cerrar el grifo de las noticias, no leer prensa y vivir feliz en la ignorancia temporal. Pero mira que es difícil. Entre Pedro Sánchez de vacaciones mientras uno escucha hablar de invasiones en Ceuta y el ático de Ayuso, desconectar parecía más complicado que encontrar una sombrilla libre en un hotel repleto de "guiris" en el mes de agosto. Y eso que me lo propuse seriamente.
Porque, por mucho que uno quiera descansar, siempre aparece alguien dispuesto a darte la turra: un mensaje, una noticia de última hora, un vídeo, una conversación política en la mesa o el típico «¿has visto lo que ha pasado?». ¡No, José! ¡Y no quería verlo! Pero al final he aprendido que desconectar no significa necesariamente desaparecer del mundo, sino elegir a qué cosas les das importancia y a cuáles simplemente les dices: «hoy no, gracias».
Y, pese a todo, estas vacaciones han tenido lo importante: más familia, más amigos, más relax y más vida. Me he rodeado de gente que quiero, de conversaciones buenas, de momentos sencillos y de esos pequeños placeres que, al final, son los que realmente llenan. Porque la prensa puede esperar, las polémicas seguirán mañana y los políticos probablemente también. Pero el tiempo con los tuyos, el relax y la vida… eso sí que no conviene dejarlo para después.





